Escapar un fin de semana para huir de la rutina ¿quién no quiere hacerlo? 

Hace unos días, un grupo de amigos, nos escapamos a Rancho Percebu, una playa privada ubicada en el km 21 al sur de Playas de San Felipe, Baja California. 

En este lugar, durante la pleamar, se forma una hermosa y pequeña laguna de agua salada perfecta para nadar un rato en aguas tranquilas y relajarse. 

Llegamos al lugar a medio día aproximadamente y algunos aprovecharon para disfrutar de la playa inmediatamente, los mas pequeños sobre todo pasaron un tiempo genial en la playa. Otros, como yo, por ejemplo, preferimos quedarnos a la sombra temiendo por nuestra piel ya que, aunque nos habíamos aplicado bloqueador solar, el sol brillaba con todo su esplendor y comenzaba a enrojecer nuestra cara y hombros. 

Después de un rato, era evidente que necesitábamos pensar en ir preparando la comida, por lo que algunos se pusieron a la tarea de preparar un delicioso ceviche de atún. Comimos tranquilamente, disfrutando de la tranquilidad que nos brindaba el panorama y, ya que en el lugar solo nos encontrábamos nosotros y otra pequeña familia, el silencio era casi absoluto. Excepto por uno que otro Razr o cuatrimoto que pasaban de tanto en tanto. 

Habiendo reposado la comida, algunos quisimos aventurarnos a buscar la playa después que había bajado la marea, parecía que la distancia a caminar era corta para poder entrar al agua. Grande fue la sorpresa al caminar e irnos dando cuenta que la hermosa playa que parecía a unos cuantos pasos estaba, en realidad, mucho más lejos de lo pensado.

Decidimos continuar para poder entrar al agua, pero a medio camino, no podíamos decidir si seguir caminando o regresarnos. Mi novio y yo no llevábamos los zapatos adecuados para caminar entre la arena y el agua, llevábamos puestos los tenis que usamos normalmente, así que decidimos, inteligentemente, caminar descalzos sobre la arena, caracoles y conchas quebradas. Está de sobra decir que no pasó mucho tiempo para que decidiéramos olvidarnos de la idea de no mojar el calzado.

¡Claro! todo marchaba mejor ahora que caminábamos con los zapatos mojados, llenos de arena, hundiéndonos a cada paso que dábamos. Y la cosa se puso mejor cuando nos dimos cuenta de que el pedazo de arena que nos separaba de la playa no solo no era plano, sino que además estaba bastante alto e inclinado y obvio era arena suelta. Ya en este punto yo lo que quería era sentarme a llorar.  Pero mi orgullo y el hecho de que no había manera en la que regresara si no seguía caminando, me mantuvieron en pie. Mi nula condición física me cobró factura al regreso así que tuvimos que detenernos en varias ocasiones para descansar porque no me sentía bien. Llegamos de regreso y solo recuerdo haberme despatarrado sobre una silla, pedir mucha agua e intentar refrescarme con hielos envueltos en una servilleta. Después de eso mi cuerpo se puso en «modo de ahorro de energía» y dormí unas cuantas horas. (Continuará…)