Desperté a las 4:30am al día siguiente, me había acostado temprano y me es imposible dormir muchas horas, así que salí de la tienda, caminé por la playa unos minutos mientras disfrutaba un cigarro y volví al área donde acampábamos.

Me prepare para contemplar el amanecer, sabía que sería hermoso y no me decepcionó. Las tonalidades naranja, rojo y amarillo se combinaban en un perfecto en un espectáculo maravilloso. Esa vista, me recordó a un amigo quien falleció recientemente y adoraba los amaneceres. Pase un tiempo recordando los buenos momentos en lo que daba la hora de comenzar a preparar el desayuno. 

A las 6am, comencé a encender el carbón para recalentar lo que había quedado y preparar el desayuno para todos. Uno a uno fue despertando y comenzamos a desayunar, mientras el sol hacía de las suyas subiendo la temperatura rápidamente.

Al terminar el desayuno decidimos ir a buscar hielo, ya que planeábamos quedarnos el resto del día, pero no podríamos lograrlo si no teníamos con que refrescarnos.  Nos dirigimos a una casa particular donde había letreros de venta de hielo, pero por más que golpeamos la puerta, nadie salió a atendernos. Decidimos seguir un poco más adelante para averiguar si podíamos encontrar un lugar donde poder conseguirlo, pero solamente nos encontramos con un lugareño muy amable quien nos regaló dos bolsas, con las que podríamos pasa la tarde perfectamente.

Al regresar, la marea había subido de nuevo dándonos la oportunidad de entrar al agua sin necesidad de la olímpica caminata. Disfrutamos un rato del mar, hasta que, claro, algo me picó o quemó y decidimos salir del agua para prepararnos y emprender el viaje de regreso, habiendo pasado un excelente fin de semana lejos del bullicio y compartiendo con nuestros amigos.